La Historia del Grupo Pachacamac.

Los Comienzos.

El grupo Pachacamac surgió en el año 1986, en las aulas del Colegio San José de la ciudad de Tandil, como iniciativa de un docente de quinto año.

A cargo de la materia Educación para la Salud, en el desarrollo de temas como la desnutrición y un análisis a través de estadísticas de nuestro país, se planteó a los alumnos la necesidad de transformarnos en protagonistas de un cambio.

El gran desafío despertó una catarata de interrogantes que impulsó a alumnos y profesor a la búsqueda de respuestas.

Sin más análisis surgió la necesidad inmediata de hacer algo, en primera instancia se conformó un grupo de trabajo con aquellas personas interesadas en el proyecto formado por siete alumnos y el docente.

Reflotando un viejo proyecto a nivel nacional denominado Marchemos Hacia las Fronteras, nos contactamos con las autoridades correspondientes para solicitar información, lamentablemente no logramos una respuesta satisfactoria y por ello decidimos emprender nuestro propio sueño.

Como punto de partida se decidió brindar apoyo a comunidades aborígenes y hacerlo desde el ámbito de la educación, en los primeros meses del año 1987 se envío una nota a la Secretaría de Cultura y Educación de la Pcia. de Jujuy, solicitando datos de una escuela albergue Aborigen de escasos recursos. Nuestro pedido fue atendido inmediatamente y se nos otorgó la comunidad de Volcán de Yacoraite en el Dpto. de Tilcara en donde funciona la escuela nº 129.

En el mes de septiembre de 1987 comenzó a cristalizarse el gran sueño. En un principio nos propusimos realizar en el primer viaje un relevamiento del lugar para luego marcar las estrategias de trabajo.

El 29 de septiembre partimos desde nuestra ciudad hacia Buenos Aires en un camión de cereales que nos dejo en Retiro para abordar el tren que nos llevaría a nuestro destino. Iniciamos de esta manera uno de los viajes más increíbles y hermosos de nuestra vida, comenzaron a sucederse con el transcurso de las horas diferentes paisajes tonadas y acentos, Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, y por fin Jujuy, 56 horas de viaje y aventura enmarcaron nuestras ansias y expectativas.

Ya en San Salvador de Jujuy nos presentamos a las autoridades de educación, las que nos transportaron a Tilcara, desde donde partimos en un camión del Ejercito hacia la escuelita; por la ruta 9 hasta Colonia San José distante a 20 kilómetros y luego transitando por el cause seco de Río Yacoraite unos 27 kilómetros entre cerros y quebradas, a 3500 metros de altura, llegamos a la Escuela 129.

Solo es posible entender aquellas sensaciones habiendo presenciado el momento.

A mas de tres mil metros de altura con un muy difícil acceso enclavada entre montañas gigantescas y rodeada de cardones encontramos una de las tantas escuelas albergues de nuestro país, resaltaban los colores celeste y blanco de nuestra bandera que flameaba desafiante como marcando que allí la Patria también existe.

En forma muy tímida se acerco para recibirnos la Sra. directora con un impecable guardapolvo blanco y un acento al hablar muy marcado, los niños habían desaparecido y nos observaban desde el salón con caras asustadas, parece que estaban poco acostumbrados a las visitas, parecía como si nunca hubieran sido visitados; al ir transcurriendo el día se fueron acostumbrando a esos extraños que habían venido sin saber bien a que, (ni ellos ni nosotros), hasta que se empezaron a acercarse con cautela como quien esta en presencia de un animal peligroso, como si fueran a acercarse a uno de los pumas que acechan sus rebaños, cautelosamente, tímidamente; con el silencio tan característico de ellos se acercaron, nos miraban, nos evaluaban, no sabían bien que éramos; con el correr de los años uno de aquellos niños ya convertido en adulto representante de la comunidad nos dice: "y todo era tan extraño que alguien supiera que nosotros estábamos y existíamos".

La historia de Pachacamac comenzaba a escribirse con tinta celeste y blanca y nuestro corazón entendió el sentido de patria, y nuestra alma empezó a entender el sentido de la igualdad, de que mi hermano soy yo mismo, que el habita en mi tanto como yo habito en él.. y los colores de la bandera ya no eran el celeste y blanco sino que eran y son el color de todas las banderas de todos los hombres que estamos aquí para construir un mundo mejor, mas allá de las ideologías, de las fronteras, en ese instante el mundo se transformo en algo posible, en algo que tenemos que compartir entre todos, en ser parte de él, en ser parte de nosotros mismos.

Ya instalados nos pusimos en contacto directo con una realidad difícil, dos salones con piso de tierra, techo de chapas agujereadas, ventanas sin vidrios, servían de aula, dormitorios y comedor para 33 niños que convivían de lunes a viernes para aprender a dibujar en un papel las palabras UNION, JUSTICIA, PAZ, LIBERTAD, tan presentes en nuestra constitución y tan lejanas en la realidad; 33 niños que recorrían distancias de hasta 8 horas para conseguir lo básico, lo inherente al ser humano, y nosotros que creíamos que veníamos de tan lejos……

Aquellos cerros imponentes y repletos de cardones fueron testigos de largas charlas con los docentes, largos partidos de fútbol con los niños, largas noches en vela observando la infinitud del universo, aspirando el frío aire de la montaña, escuchando el silencio que parecía venir desde la eternidad, sintiendo la nada del todo, la hermandad de la humanidad. Y de noche el fogón donde se cantaba y se contaban leyendas que hacían que nuestra piel se erizara y volvíamos a ser niños como los de allá como los de acá, simplemente niños absorbiendo el mundo de una manera ingenua, juguetona, esperanzada, amable, intrigante; simplemente el mundo como se nos ha dado desde el misterio, desde la magia; desde los sueños.

Siete días de convivencia fueron suficientes para comenzar la obra que hoy marca 20 años de trabajo ininterrumpido.